Retorno al punto de partida

 

¿Qué es lo que sostiene la dirección de la etapa de mi vida en la que me encuentro en este momento?

¿Qué relación tengo con ello?

 

Para mí, cada bomba nuclear que lanza el presente en forma de diferentes situaciones es un nuevo chequeo a los cimientos de ese templo que estás construyendo internamente a través de tu paso por la vida y de las decisiones que tomas en ella.

 

Esperar a que las cosas sean diferentes te aparta de la propia razón por la cual la vida las puso ante ti. Tomarse un día de descanso puede parecer algo normal y necesario, pero mucho me temo, que cuando estamos viviendo en el camino de la construcción de ese templo interno, la tregua del descanso quedó fuera de órbita.

Ayer fue uno de esos días. Mi agenda estaba al servicio de mí misma. Por primera vez se había invertido el sentido. Sin embargo, bastó un encendido del móvil para que comenzara la verdadera tarea.

Hay situaciones que te retan por su velocidad y su falta de previsión; otras te hacen sentirte torpe e incapaz; las hay que suceden al mismo tiempo con la misma prioridad; y luego están las que cortan cabezas.

En este caso, el maestro llegó con espada en mano directa a la yugular.

Un movimiento de ira, miedo y falta de amor estaba entrando sin avisar advirtiéndome de un mal mucho mayor.

 

¿Qué me estaba mostrando la vida?

 

De nuevo, había una historia que se repetía aumentando en intensidad. Acusaciones y críticas directas a agredir. Una situación límite que requería lo mejor de mí. Verdaderas tempestades retando a los pilares de mi hogar.

 

No podéis imaginar lo agradecida que estoy a este hecho en concreto. En él pude ver todo lo que precisaba sobre dónde me encontraba respecto a mis valores, a mi honestidad y como no, respecto al amor hacia mí misma.

 

Todo acontecimiento externo es una oportunidad para recuperar la perspectiva de tus pasos. ¿Has perdido en algún momento la integridad? No te preocupes, la vida se encargará de que lo veas y te renueves.

Esa mañana de lunes estaba dándome la oportunidad de recorrer mi viaje de retorno al lugar donde había comenzado todo.

Caminé por todas las escenas que había compartido con la persona implicada en esta situación. Observé mis puntos de flaqueza y debilidad. Recordé el momento exacto y la razón que me llevó a salirme de mi responsabilidad, empequeñeciéndome y entrando en el juego de la otra persona.

Fui consciente de que no había culpa. No me castigaba por el hecho de haber perdido el rumbo en una conversación. Era parte de mi propio aprendizaje. Conocía mi caída y era consecuente con ella. Se me podía acusar de lo que fuera, pero sabía con claridad que lo único de lo que era responsable era de mi actuación y de mi aprendizaje en ella; los juicios y las amenazas no podían encontrarme porque no era diana que los sostuviera. Sé dónde abandoné mi lugar, pero visto esto, no volveré a desvalorar lo que tantos años he necesitado “danzar” y fortalecer en mí.

 

Cuando hay una dura etapa que has superado, la vida te da la oportunidad de que la vivas desde un nivel mucho mayor. Y ahí, es cuando más que nunca, necesitamos afianzarnos en el aprendizaje ya vivido sin derrumbarte ante los ataques y los resultados. Pase lo que pase fuera, lo verdadero, se construye internamente.

En este momento, desconozco el alcance social que puede tener este impacto. Sin embargo, lo que realmente me importa es la serenidad con la cual lo he recibido. Algo ha cambiado en mí, y esto ha sido posible gracias a ser capaz de permanecer en la integridad de mi visión ante la vida en los momentos más inestables e invasivos.

 

Estas situaciones que últimamente se repiten con frecuencia, me están mostrando una virtud de la fluidez. Muchas veces cuando hablamos de fluidez nos centramos en la capacidad de amoldarse, adaptarse, dejarse ir… ante lo que ocurre. Sin embargo para mí, esta visión se queda a medias tintas. Para mí la fluidez comienza con una escucha a un compromiso propio, con unos valores personales que nadie puede regalarte, nacidos y fortalecidos por tu rodaje personal. Cuando sabes lo que es coherente en ti, necesitas respetar su permanencia tanto en el tiempo como en las circunstancias. Y entonces, la confianza en tu sentir íntegro será la que te rescate de toda catástrofe externa.

Es natural, sencillo y claro, sin embargo tenemos una tendencia global a difuminar esta perspectiva de la fluidez.

“Dejarnos llevar” toma tal envergadura que pierde la parte de la frase en la cual aparece “desde nuestra coherencia íntegra”.

 

La fluidez es un movimiento que deja huella. Nos conecta con el arraigo a la verdad y ese enraizamiento requiere un ejercicio diario de sostén y de entrega. Persistencia y perseverancia, son palabras que nacen de esta frecuencia y consecuentemente la nutren. Aquel que se da a la luz de sus auténticos propósitos, es consciente y escoge sus acciones; no se trata de iluminar una meta o un resultado, sino de potenciar la luz de la casilla de salida que le entregará el sostén y la referencia que necesita ante cualquier adversidad.

Es preciso madurar nuestros valores para que no haya tifón que los ponga en duda. Para ello, la vida es el mejor entrenador. Cada ataque, cada nuevo campo de batalla abierto, no es sino la nueva ventana que hará rociar con aire fresco de renovación aquello que te acompaña durante tanto tiempo.

 

Confieso que nunca había recibido una amenaza tan bien redactada y expresada. No puedo competir ante tal argumento. La única forma de no perderme en una afirmación externa que me separa de todo sentido por el cual llevo toda la vida entregada, es regresar a esa voz interna que me conecta no sólo con mi ser más profundo, sino con algo mucho mayor que yo misma. Gracias a la dimensión de la acusación, puedo sentir la dimensión de mi propia integridad y de mi unión a ella. La relación que existe entre mis pasos y lo que pulsa en mi interior como hoja de ruta coinciden plenamente. Siendo consciente de que los tropiezos seguirán domando mi perspectiva de la perfección, convirtiendo cada caída en el vehículo para un afinamiento de tu relación con la coherencia.

 

Así es. No sé cuál será el final de esta nueva prueba, pero no estoy en su búsqueda. Mi enfoque es interno; dedicando mi atención al fortalecimiento de mi verdad, mediante el vínculo con mi integridad, con mis creencias y mis valores; desde ahí, gracias a la vida, el resto será puro camino de aprendizaje y entrenamiento personalizado.

 

¿Qué más se puede pedir?

 

Cuando bailamos podemos escoger cómo vivir nuestra relación con la danza y la propuesta de ese momento.

 

En esta ocasión la fluidez abría una invitación a tu propio fortalecimiento. Sentir la magia de la resistencia física, del vínculo que vibra en la musculatura y el cansancio que comienza a latir en los movimientos, es la vía directa para escuchar y reconocer el compromiso con nuestros “votos”, y perpetuarlos en el tiempo con su correspondiente evolución.

 

Quien no se abandona en la danza, no deja de lado su integridad.

Quien se resiste a encontrar esta cualidad en el movimiento, niega un encuentro imprescindible para su propia unión íntima y esencial. El vínculo necesita una fuerza especial y característica. No podemos confundir la fuerza del compromiso con la lucha.

 

Que podamos reconocer en cada golpe, la luz que se activa en la raíz de nuestros valores, para que sea la “escusa” perfecta para potenciarlos y desarrollarlos con más presencia y claridad tanto en esa situación como en el resto de espacios en nuestro día a día.

 

Y antes de concluir, me gustaría compartir estas palabras que Luz Ángela Carvajal compartió ayer. Son parte de un trabajo profundo sobre la Bondad. Cuando las leáis me gustaría que asociarais la Bondad a la capacidad de mantener nuestra coherencia íntegra. Espero que os ayude a clarificar el valor de vuestro compromiso y sepáis encontrar su analogía en vuestra realidad.

 

Aplica el hacha a la raíz: lo que no está bien, está mal.

 

La bondad es o no es. No puede ser tibia, a medias tintas. La bondad con el otro, con los otros, no  quiere decir justificación, simpatía o adhesión a sus ideas, a sus acciones o actitudes negligentes.

 

Bondad con el otro es incitar su bondad, implica propiciar el contexto para que su bondad se manifieste, para que la bondad sea invitada.

 

Las acciones, ideas o actitudes (de no bondad), que tampoco se catalogan como maldad, crean un contexto en el que fácilmente se asume que si no está mal, está bien; así terminas haciéndote parte de lo que no está bien, por no entrar en conflicto con el otro; así se oculta tu bondad, su bondad y la nuestra, tejiendo entre nosotros un velo de impunidad.

 

El trabajo con la bondad confronta y desafía a asumirla más allá de la conveniencia de la bondad acomodadiza y cobarde.

De la bondad incorruptible, de la convicción en ella, surgen asistentes de la bondad, que la salvaguarda, que impiden que se convierta en condescendencia con lo que claramente está mal, por una malentendida benevolencia.

 

La bondad es fuerte en su naturaleza; contundente en su alcance; clara, suave y persistente en su manera.

Luz Ángela Carvajal

 

 

 

Gracias por adentraros a esta nueva perspectiva

 

Que la claridad de nuestra valía se manifieste en cada uno de nuestros actos

 

Con amor

 

Noelia