¿De verdad quieres saber «QUIÉN ERES»?

Querer conocerse y emprender el camino hacia uno mismo son dos aspectos muy diferentes. Muchos somos los que queremos vivir desde la verdad, la coherencia, la humildad, el respeto, la  belleza, la unidad, el compromiso, la ternura y el amor. Sin embargo, ¿cuántos somos los que nos entregamos con pura fidelidad a ese camino genuino de ser uno mismo?. Todos nos sumamos a lo bello y agradable, pero en el momento en el que la dificultad se une a esa belleza, dejamos de percibirla colocándonos en la resistencia y en la queja por la injusticia que en ese momento se manifiesta en tu camino.

Entrar en el territorio del fuego, se convierte en una onda expansiva de regocijo interno si nos dejamos mover en él con todo lo que eso conlleva. Todos conocemos la sensación que queda en nosotros cuando nos liberamos de una carga ya sea a nivel físico, emocional o psicológico. Adentrarse en la experiencia del fuego en uno mismo lleva implícito alcanzar un estado de liberación. Pero como todo camino auténtico y válido, requiere un recorrido que no depende de nuestro control. Liberarse, no sólo significa soltar una atadura, sino que trae consigo tomar consciencia de lo que te angustia, o de aquello que vive en un lugar ajeno a tu conocimiento, y que sin embargo forma parte de ti. Podríamos decir, que más que tratar de quitarse algo en concreto, consistiría en alcanzar a obtener una visión global completa de lo que existe, para que, una vez visto, puedas relacionarte con cada una de esas partes desde tu propia elección. 

Si en nosotros se guardan múltiples patrones que nos llevan a actuar de formas determinadas, y no somos conscientes de que existen, siempre seremos cómplices de sus acciones y no podremos tomar un control sobre ellas. 

Por lo tanto, estaremos yendo en contra de nuestros ideales, sin saber que lo hacemos. 

A nivel social solemos engancharnos con aquello que no sentimos ético o justo, apoyando causas que han quebrado valores imprescindibles en el ser humando. Pero sin darnos cuenta,  cuando se trata de la relación con nosotros mismos, nos ponemos en el bando de los “acusados” desde el primer momento en el que tomamos contacto con algo que no nos agrada y es nuestro. Nos convertimos en justicieros cayendo en un autocastigo que además no queremos ver,  llevándolo a una evasión que nos polariza, hasta el punto de desplazarnos de nuestra realidad.

El fuego es pura luz que alumbra todo lo que hay en nosotros. Para ser conscientes de que lo estamos viendo y experimentando lo primero que necesitamos es acceder a la humildad en nosotros. Pues si no llegamos a ella, siempre estaremos justificando cualquiera de las situaciones en las que nos veamos implicados. El ego no baja del pedestal, su dignidad impide completamente admitir una equivocación o una respuesta fuera de lugar. El ego siempre se sitúa como la razón y el conocimiento idóneo. Jamás se confunde y siempre trata de salirse con la suya. El ego nunca aprende porque significaría reconocer su debilidad.

Transitar el territorio del fuego nos permite llegar a vivir lo que nos ocurre desde la sensibilidad y no desde el razonamiento, para que desde nuestra vulnerabilidad podamos reconocer en verdad todos los aspectos que viven con nosotros y que tan pocas veces han sido escuchados desde una apertura absoluta. En nuestro interior viven partes que nos controlan en determinados aspectos, partes que nos llevan al enfado, a la pérdida de control, al miedo imparable, a la crítica o al castigo, a la víctima y al desamparo, a la infidelidad y al desamor. En verdad son parte de nuestra riqueza, pues gracias a lo que hagamos con ello, podremos acceder a la verdadera consciencia de libertad. 

Imagina por un momento, que puedes observar todo lo que vive en ti. Cada parte ocupa su lugar. Observando tanto lo bondadoso como lo irascible, lo amoroso y lo cruel. Respirando lo que ocurre en ti cuando te dejas habitar por eso que te aparta de ti mismo. Cobijando todas las escenas que siguen una trama bajo un mismo patrón. ¿Qué ocurriría si nos diéramos la oportunidad de observar, respirar y sentir como nuestro todo ese espacio, sobre todo el que desearíamos que no fuese real?. ¿Cómo sería acoger cada territorio de nuestra personalidad por igual?. ¿Podríamos por unos instantes tratar con el mismo respeto la parte amorosa y la parte oscura de nosotros?. ¿Cuál es la misión de clasificar lo luminoso y lo oscuro?. ¿Qué obtenemos cuando separamos lo que forma parte de nosotros?. Lo que es, es. Y nunca dejará de ser, porque nosotros lo evitemos. Al contrario. Tomará más fuerza para hacerse visible. ¿Por qué no darle una oportunidad? 

Si en verdad queremos saber quienes somos para pulirnos como el diamante más puro, ¿por qué no empezar conociendo cada uno de nuestros rincones?. ¿Quién tendrá mayor fuerza y habilidad para llegar a cumplir un objetivo, aquel que conoce con exactitud todo lo que le compone para así utilizarlo a su servicio, o quien sólo muestra lo que es capaz de sostener de él mismo?; ¿no será este último el que sienta siempre un lastre que no le permite mostrar su habilidad con más precisión?. Sólo quien se conoce, sabe lo que necesita y encuentra la forma de conducirse hacia aquello en lo que cree. 

En primer lugar, la consciencia del fuego, nos permite tomar contacto y visión de cada parte de nosotros. Gracias a su cualidad implícita de agua, nos conduce hacia el empleo de nuestra sensibilidad como forma de relación frente a cualquiera de esas resistencias que evitamos en nosotros. Dicho de otra forma, el fuego nos adentra a la comprensión de aquello que nos genera rechazo. Creando en nosotros la posibilidad de convivir con respeto y humildad con aquello que también es nuestra tierra.

Si llevamos la imagen de territorio a nuestro espacio interno, y consideramos simbólicamente que todos esos aspectos de la personalidad, patrones y formas de relacionarnos con la vida, son terrenos que forman parte de nuestra naturaleza, podemos facilitarnos enormemente la vía de acceso a su reconocimiento y bienvenida.

Lo único que necesitamos es saber que esos terrenos pueden dar frutos valiosísimos si nos ocupamos de cultivarlos a través de nuestra sensibilidad y del cuidado del cómo.

Y diréis, ¿cuidado del cómo?. Así es, no hay suelo malo, árido o desértico. Todo depende de cómo se cuida, cómo se nutre, cómo nos relacionamos con él. Cómo lo reconocemos, cómo  mostramos nuestras cualidades, cómo lo incluimos como parte de nuestro aprendizaje, cómo nos mostramos ante él como un verdadero discípulo. Si no nos situamos en un nivel superior tomaremos una perspectiva mucho mayor. Pues alcanzaremos a estar tanto en el lugar de ese terreno como en el lugar del que cuida y aprende de él.

El fuego nos hace tomar mayor consciencia de nuestra agua para que no derrochemos la capacidad de movernos en la vida sintiendo esa totalidad territorial. Y poco a poco, podamos sentir que todo en nosotros se mueve al unísono hacia una misma dirección, con un mismo sentido; percibiendo una unidad dentro de una gran diversidad, donde el respeto, el amor y la comprensión ha dado a cada uno su lugar y ha inculcado un significado profundo de dirección en la propia vida.

Llegar a la comprensión tiene como requisitos soltar todo juicio, prejuicio o resistencia por lo que aparece en ti mismo. Una vez escuchado y sentido, tendrá lugar en ti, y gracias a ello, sabrás por dónde seguir. A nivel externo ocurre exactamente lo mismo. Si abandonas todo enganche a resistirte que las cosas no sean como son; si das el espacio que tienen, y te limitas a sentir qué es ser parte de todo ello, podrás encontrar la respuesta. El no saber nos lleva a una escucha inclusiva que da lugar, situándote al mismo nivel de la situación. Si en lugar de razonar, te dejas caer en el sentir de corazón, nacerá un sentir concreto que indique una dirección clara. Tratar de llegar a ello desde el saber es imposible, pues la razón bloquea ese descenso al sentir genuino. Sentirse perdidos no es un capricho, es un atajo. Sólo cuando sentimos que no hay vía para rescatarnos estamos preparados para acceder a la verdadera puerta de entrada a lo que necesitamos. “El observador que sabe”, deja de escuchar, y sin escucha no hay respuesta. La vida sabe de nuestra necesidad de ir demasiado rápido, por ello diseña con tanta precisión sus rutas de aprendizaje y éxito.

El territorio del fuego nos ofrece viajes que encienden mucho más allá del propio conocimiento. Se trata de una vivencia que genera experiencia capaz de incorporar visión, comprensión, orden, sentido, dirección y concreción. Y en consecuencia, aparece la liberación. Pues sólo lo que se ha manifestado puede crear un movimiento capaz de armonizar un nuevo orden.

Si quieres saber quién eres, necesitas dar el permiso para descubrir que no eres lo que crees ser, siendo lo que eres algo que puede que no desees. Sólo así podrás reunir todo eso que eres y ponerlo al servicio de lo que en verdad eres, y no de lo que crees que es lo que eres. 

 

Con estas palabras me despido dejando un camino de reflexión que cada uno pueda seguir nutriendo.

Todo mi amor en este bello viaje que todos compartimos.

Noelia