Dar lugar al LUGAR

 

Llega un momento en el que tu propia corriente de vida se muestra clara ante tus ojos: tratar de conocer el sentido de lo que sucede se vuelve un muro contra ti mismo. 

Nos han educado bajo un prisma de control ante cualquier situación, ya sea interna o externa. Cuando nos movemos dentro de las normas admitidas como normales no podemos tener perspectiva clara de ello y cualquier paso que hagamos estará bañado de control de forma más evidente o de manera más sutil. 

La vida sabe que ya estamos preparados para emprender ese camino tan bello de ser nosotros en todos sus prismas. Sin embargo nosotros somos los que todavía nos resistimos a ese giro de sentido. La mayoría de las veces no somos conscientes de que vamos en contra de nosotros mismos, pero llevamos tanto tiempo accediendo a la voz de patrones adquiridos que nos resulta dificultoso reconocer qué es lo verdadero y qué es aquello que nos arrastra por pura rutina e imposición ajena. 

¿Cuántas veces nos observamos rechazando lo que nos trae ese momento? ¿Cuántas veces nos apresuramos a rechazar o a aceptar algo por la etiqueta que nuestra mente adjudica de inmediato? 

El movimiento que se genera a lo largo de un simple día, en realidad es una trama perfecta de conexión donde cada espacio de existencia tiene un lugar y un sentido. Cada relación que se desarrolla en ese tejido genera un impacto en cada parte. En verdad, si fuéramos conscientes de todo lo que ocurre con un simple pensamiento de nuestra mente o un pequeño acto cotidiano, enloqueceríamos ante un empacho de información. 

En cierta forma podríamos creer que la vida nos podría poner todo más sencillo para poder descansar y disfrutar sin más. Sin embargo, si lo miramos con mayor perspectiva, los únicos que lo complicamos somos nosotros al estar negando cada una de las situaciones que nos vienen a enriquecer. 

Tal día como hoy, mi padre tomó la decisión de continuar su viaje soltando su cuerpo. Recuerdo sus últimos 40 días en la Tierra como la experiencia más importante y valiosa de mi vida. Durante aquel viaje padre-hija, pude comprender el enganche que mostramos las personas a anticiparnos a los sucesos. El control puede llegar a tal extremo que preferimos saber el significado de lo que está ocupando ese instante de tu vida que sentirnos en él. Damos tanto valor a conseguir lo que conocemos en nuestra idea predeterminada, que abandonamos cualquier escucha a lo que en verdad necesitamos en ese hecho concreto que está ocurriendo y no permites que te alcance.

En verdad podríamos simbolizarnos como videojuegos de nuestra propia manipulación. ¿Y de verdad es esto a lo que venimos a este planeta?. Me resulta demasiado vacío, y carente de sentido. Pasar la vida tratando de que las cosas sean lo que queremos o luchando para que se muevan bajo nuestras reglas y deseos, es tan pobre e inhumano que simplemente pierde mi atención.

Mi padre lo sabía. Me llevó a identificar las semillas de control más escondidas que no creía tener. Comprendí la belleza de dar lugar al espacio que se está expresando. Sentí la necesidad de escuchar el silencio que envuelve el ruido de las circunstancias y sobre todo cuando lo que ocurre nos sacude a nivel emocional. Experimenté el amor que nace cuando dejas que la elección de otros se manifieste sin modificarla, sobre todo cuando es un espacio de gran dureza y dolor. Observar un hecho que te mueve hasta lo más oculto de tus entrañas, que despierta todo lo que eres sin excepción, y mantener un estado de escucha y sentir interno, sin negar o enjuiciar, respetando todo lo que existe en ese momento, sin intervenir para modificarlo, te lleva a un lugar de profunda riqueza y bienestar. Consigues comprender y amar lo que ocurre límites impensables. Y sin buscarlo, has vivido un viaje de completa transformación, donde el respeto por la sabiduría de lo que no entiendes ni deseas, te ha mostrado la función de darle su lugar.

Cuando damos lugar al lugar del momento, nos damos la oportunidad de dar lugar a lo que somos dentro de ese espacio que se abre para nosotros. En esa acción no sólo estamos respetando lo que está siendo, sino que respetamos nuestra propia habilidad para ser con ello. Y así, descubrir cómo se muestra nuestra coherencia con aquello que sentimos imposible de modificar.

Al permitirnos entrar en la situación sin ruido, en lugar de ocuparnos de que las cosas sean de cualquier forma menos de la que son, invertimos nuestra atención e ingenio en descubrir la mejor opción para relacionarnos con lo que está sucediendo, y así encontrar la naturaleza de nuestro cómo, la sensibilidad que se abre sin creer que tiene la razón o la autoridad para cambiar las cosas, sino más bien, que se abre con humildad a aprender cómo se expresa su integridad cuando las cosas son complicadas y arriesgadas.

Mantener nuestro empeño por que las cosas sean según nuestros ideales es un pozo sin fondo que nos desgasta energéticamente. Mantener el vínculo con nuestra sinceridad, con nuestra sutileza, con nuestra coherencia, con nuestra humildad y como no, con nuestra dulzura, no sólo nos permitirá descubrir la bondad que vive en nosotros sino que nos fortalecerá y nos abrirá la puerta de la impersonalidad. ¿Qué quiero decir con esto? Que nos hará independientes de lo que ocurra fuera; no dependeremos de si el resto lo valora o se siente bien con nuestras acciones; no habrá opinión que nos condicione. Lo único que moverá nuestras acciones será la verdad con la que nos relacionemos con nosotros mismos.

En el territorio del fuego decíamos que para saber quiénes somos necesitamos ser conscientes de cómo nos expresamos ante lo que ocurre. En esta ocasión bajo el prisma de la consciencia del aire, una vez descubiertos a nuestros ojos, es imprescindible hacernos responsables de lo que somos y de cómo somos en nuestras relaciones.

Cuando damos lugar a ese lugar tan valioso que crea cada instante de nuestra vida, podemos presenciar cada una de las voces, las necesidades, las tentaciones, las peticiones, las negaciones y los recuerdos que evocan en nosotros. En ese momento te necesitas más que nunca. Eres aquello que te completa, que te comprende, que te acompaña y te respeta. Desde ahí, completa, comprende, acompaña y respeta lo que la vida te pone en escena y descubrirás el sentido de que sea así y no de otra manera.

Recuerda que el aire siempre está aunque no lo veas y siempre te acompaña aunque no lo sientas. Te da lugar aunque no lo sepas, haciéndote parte de lo que quizá no sientas. Existe una razón y un sentido aunque no lo busques. Y él, más allá de lo que cada uno reconozca de su misión y labor, se entrega sin condición.

Hay mucho por descubrir dentro del territorio del Aire.

Estas palabras son un simple soplo de brisa para que cada uno siga abriéndose a su movimiento.

Muchas veces no entiendes el sentido y entonces respiras, y te dejas caer, y sin entender comprendes, y sin buscar encuentras.

Seguimos acompañándonos.

 

Todo mi amor en cada palabra,

Noelia